Disculpas.

Me dueles en el pecho.
Me dueles.
Mi corazón late a mil latidos por segundo cuando te veo, y parece que mis costillas y mi pecho no van a poder resistir todos esos impactos.

Me dueles en los nudillos y en todos los puñetazos que doy a mis paredes, tratando de sacar todo mi dolor fuera de mi piel.

No eres bueno para mí. Cuando te veo, me miras y hablamos como si nada de esto hubiera pasado, mis manos tiemblan tanto que tengo que ponerlas detrás de mi espalda para que no te percates de ello. Todo lo que me dices me duele.

Ayer.
Ayer por fin te atreviste.
Me preguntaste que si te había perdonado.
La respuesta es sí. Claro que te he perdonado. Cómo voy a odiarte si me hiciste, por un segundo, sentir viva.
Pero no he olvidado. No creo que pueda hacerlo, porque si algo me define es mi rencor y mi memoria. Nunca me olvido de lo que me hace daño. Y tú entras en esa categoría.

Pero me pediste perdón. Me dijiste, después de casi un año, que te sentías culpable y que necesitabas disculparte. Me pediste perdón una, dos, tres veces aún diciéndote yo que sí, que te perdonaba. Lo repetías una y otra vez.

Todos piensan que no debería perdonarte. Yo también lo pienso. Pienso que eres un capullo y que me vas a hacer daño otra vez, pero no nos engañemos, también he aprendido a verte sin pensar en lo capullo que eres.

Me has pedido perdón, al fin.
Pero, ¿crees que eso ha sido suficiente?

baby’s first breakup

dana cass

prologue

It begins with a breakup that takes all night.

Is this normal? I’m not sure. This is my first breakup, because this was my first relationship (sorry, high school boyfriends, but you don’t count. I still treasure the poems I wrote about missing looking at your dirty Converse sneakers under the table during biology class), and I was under the impression that it would be a lot cleaner than this.

But it’s not, and we’re in a hotel room in Palo Alto, and it’s midnight and there is nowhere I can possibly go and nothing I can possibly do but stay here and listen to my sandcastle of a long-distance romance—with a man nine years my senior and polar opposite from me in every way including, it’s becoming apparent, those that mattered (the literary merits of Haruki Murakami, bacon as a food group, the frequency with which one should…

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Precipicios.

Sabía que esto pasaría. Lo sabía y no lo he evitado, deseando y temiendo al mismo tiempo que esto pasara.

Hoy ha pasado.

Has intentado besarme.

Me has acariciado el cuello, sabiendo como sólo tú sabes que estabas atacando mi punto débil. Y, hablando de debilidad, no he sido capaz de apartarte de ahí. Porque seamos sinceros, nunca he sido capaz de sacarte de mi vida.

Luego me has besado el pelo, la mejilla, la coronilla. No lo has notado, pero mis manos temblaban, en mi cuello era perfectamente visible mi pulso, que sólo late así cuando te miro.

Pasaste tu brazo por mis hombros, haciendo presión para que me tumbara sobre ti a la vez que escuchaba música.

Y ahí es cuando lo vi. Tus ojos en mis labios, tu cara un poco más cerca.

Intentaste besarme, pero yo huí.

Te dije que tenía prisa, que tenía que irme.

Me fui como alma que lleva el diablo, las lágrimas saliendo mientras me alejo de tu lado andando lo más rápido que puedo.

Ya lejos del escenario que hemos compartido, mis nudillos chocan una y otra vez contra un muro. Una y otra vez. Paro, respiro y me siento. Lloro.

Déjame. Por favor, vete, porque yo no me alejaré de ti. No puedo alejarte, siempre sucumbo dentro de tu esencia.

Dios, ha estado tan cerca. Casi me besas.

Y por un momento, casi te dejo hacerlo.

Caídas.

Hoy.

Hoy he vuelto a verte.

Y mis predicciones son ciertas.

He vuelto a caer.

Me has visto y mis barreras han temblado.

Y cuando me has abrazado he mandado todo a la mierda.

Quiero olvidarte. Pero necesito que me ayudes a hacerlo.

Ignórame. Porque yo no soy capaz de alejarme de ti, como una mariposa atraída por una luz.

Pero me tengo que recordar a mí misma que eres un cabrón.

Espero recordarlo.

Tus labios, música clásica y mi caos.

En vilo. Así me siento.

Siento que vivo en el filo de una navaja, que haga lo que haga, acabaré por caer, por dañarme.

Ahora estoy tumbada en mi cama, pensándote.
Ludovico Einaudi suena por mis auriculares, transportándome a otra dimensión.
No lo entiendo, no tiene sentido, pero la música clásica me recuerda a ti. Tú sabías cómo arrancarme mis mejores notas, cómo tocarme hasta que emitiera la melodía más maravillosa del mundo. La música clásica me emociona, y eso es un poco el porqué me recuerda a ti.

No te emociones, eso no significa que vaya a volver corriendo a tus brazos.
Sabes que estoy decidida a olvidarte.

Pero mentiría si digo que el corazón no me late más fuerte cuando recibo un mensaje tuyo. Mentiría si dijera que, cuando te veo por la calle, me escondo detrás de paredes y transeúntes, por miedo a enfrentarme a tu mirada. Mentiría si digo que ya no pienso en ti, en mi y en lo buen actor que eras, haciendo que me creyera todas las palabras que salieran de tu boca. Porque, asumámoslo, amor, tu boca siempre ha sido tu mejor arma, mi mayor tentación, y yo siempre he sido defensora de la famosa frase de Wilde, “la mejor forma de librarse de la tentación es caer en ella”. Y cómo caía.

La música me duele. Es duro, porque a cada canción que oigo algo se quiebra dentro de mí. Maldito seas, ¿porqué tuviste que regalarme tantas canciones? Ahora no puedo escucharlas sin pensar en ti.

Nunca en mi vida he sentido esto. ¿Cuánto tiempo ha de pasar para poder borrar tu recuerdo de mi piel? Porque prefiero lanzarme por uno de los lados de esta navaja que volver a mirarte. En unas semanas volveré a verte, y sé que en el preciso momento en el que eso ocurra, todas mis convicciones se irán a la mierda.
Joder, tú causas ese efecto en mi. Cuando tú estás ahí, todo lo demás se difumina, pasa a segundo plano, y en lo único que puedo pensar es en tus labios al hablar.

¿Ves? Ahora mismo estoy pensando en ti. Y eso es justo lo que debería evitar. Porque no nos olvidemos de que eres un Capullo. Un Capullo con c mayúscula.

Así que vete de mi vida. Desaparece, por favor. Ya no te quiero, o al menos eso intento creer. Y si vuelves a sonreírme, volveré a caer.

Hijo de puta. ¿Porqué? ¿Porqué no puedo olvidarte, no pensarte? ¿Cómo puedo evitar que tu ausencia me desgarre como lo hace?

Por favor, desaparece de mi vida.

Porque sé que yo no seré capaz de desaparecer de la tuya.

Quiero que te marches, pero por favor, no te marches.

Lo primero que te diré es que te vayas, que nunca vuelvas a mirarme, a hipnotizarme. Y hablo totalmente enserio. Pero a la vez no lo digo en serio.

Algo que va en serio es que te odio. Te odio como nadie te odiará nunca. Y, al mismo tiempo, te necesito. Te necesito como no se puede necesitar a nadie más.

Necesito odiarte, odio necesitarte.

Tú me inspiras. Pero yo nunca te inspiraré. Y eso, siendo justos, no es culpa tuya. Yo sólo puedo ofrecerte oscuridad y miseria, y ¿quién se inspiraría con eso? Siempre me decías que mi mirada es mi rasgo más bonito, que cuando estaba contenta las vetas verdes de mis ojos destacaban en el marrón como nunca; y que cuando estaba triste se oscurecían tanto que costaba distinguir el iris de la pupila. Has de saber que desde que te fuiste mis ojos no han brillado de la manera en la que a ti tanto te gustaban.

Creo que yo te quise (te quiero) más. Dudo incluso que, en algún momento, tú me quisieras, como merezco o como necesito.

Pero a la vez, me demostraste lo bonita que puede ser la vida sobre un rascacielos, me demostraste lo que eran realmente mis canciones. Me hiciste brillar como nunca he brillado en toda mi vida.

Mi amor, fue precioso. Fue tan bonito que incluso ahora te pienso, mientras escribo sobre lo que somos. O sobre lo que solíamos ser.

Fuiste el primer chico del que me enamoré. Y el primero que me hizo daño. 

Pero, aún hoy, sé que yo te quise (te quiero) más.

Tu no me quisiste (no me quieres). Sólo necesitabas a alguien a tu lado, alguien que te hiciera sentir algo menos solo. No fui nada.

Después de todo, sigues doliéndome igual que antes.

O puede que sí.

Puede que tú realmente me quisieras (me quieras), que tus palabras fueran sinceras, que tus caricias fueran verdaderas.

Y es justo eso lo que tú quieres hacerme creer.

Aún necesitándote como lo hago, te odio. Te odio, y ni siquiera yo soy tan inocente para creerme tus mentiras.

Tú te lo has buscado. Mi odio, mi pasividad hacia tus miradas. Te has ganado mi desprecio.

Pero, aún odiándote, te quiero. Y eso es una gran putada, amor. Porque quiero odiarte y odio quererte. Odio odiarte y quiero quererte.

La verdad, no estoy segura de eso. De quererte, me refiero. Creo que estoy enamorada de tu recuerdo, pero, ¿de ti? Ya no lo creo.

Para tu desgracia, por encima de todo, puedo ver tus mentiras, tus engaños y tus palabras vacías. Puedo ver que el roce de tus labios sobre los míos no fue más que eso, un roce; que tus dedos revoloteando por mi cuello no eran más que pájaros, que tan pronto vinieron como se fueron.

Para mí fue más que eso. Pero ya da igual. Porque tu no me quieres. Y supongo que todo se reduce a ese único hecho.

Puede que te necesite, sí, pero te odio. Y ya es demasiado tarde como para olvidar esto último.

Tal vez mi odio se esté convirtiendo en indiferencia, y el necesitarte, a olvidarte.

Seguramente esto no sean nada más que palabras. Porque eso fue lo que te faltó a ti.

Palabras.

Palabras para disculparte, justificarte, quererme o incluso odiarme.

Pero te quedaste callado.

Y eso fue lo que me hizo darme cuenta. Darme cuenta de que tú no me quisiste ni me querrás nunca. Aunque lo intentaras, nunca te dejaría volver a entrar. Volver a meterte en mi sangre y en mi piel.

Te deseo, de todo corazón, que seas feliz, que encuentres a alguien que te quiera y a quien puedas querer como se merece.

Eso es más de lo que mereces, y más de lo que debería desearte nunca.

Sé que no te olvidaré todavía. Y también sé que aún me quedan muchas lágrimas por llorar y sueños en los que tú me atormentarás. Pero sé que un día, de repente, me daré cuenta de que te he olvidado.

Podrías haberlo sido todo.

Pero, ahora, te estás convirtiendo en nada.